Cómo nació la idea

A veces me preguntan cómo surgió esta sección tan insólita en un periódico de información general. Mi respuesta no deja de ser anecdótica.

Érase que se era una playa inmensa en una isla perdida del Mediterráneo. Andaba yo por la arena, con todo el frontispicio marítimo de La Valetta (Malta) a mi espalda, cuando caí en la cuenta de que el oficio de escribir sobre turismo tenía sus asfixias nómadas. Mis amigos en España se reunían después del trabajo para discutir sobre política, ciencia o filosofía, cuando no sobre el Real Madrid —si es que no es una buena razón filosófica—, delante de una cerveza en las tascas de Chamartín. Yo, en cambio, terminado el reportaje, me sumergía en el aburrimiento del hotel cuando el destino no era de aquellos que merecían la atención del Time Out. Y, ciertamente, Malta no gozaba de demasiada popularidad entre las estrellas del rock en aquel entonces de 1987. A los españoles nos recordaban en la calle por ese «¡gol de Señoooooor!» que remachó el histórico 12 a 1 de nuestra selección. Y nos hacían la vista gorda.

En aquella playa infinita, durante las tres horas de caminata que me llevaron al hotel, fui alumbrando la idea que marcaría el resto de mi vida. Si había de pasar la mayor parte del día junto a unas sábanas, y no de asueto en mi barrio, al menos debería aprovechar el tiempo convirtiendo esa estancia extra laboral en un oficio con beneficio. Al regresar a Madrid con la propuesta ya más elaborada obtuve el plácet generoso de mi editora en el periódico, María Ángeles Sánchez, y del director de EL PAÍS Semanal, Alberto Anaut. Con ellos iniciamos un proceso de creación periodística que no tenía parangón en el mundo, a tenor de los sucesivos viajes que realicé a Hamburgo, Francfort, París, Londres y Nueva York en busca de un modelo a imitar.

El primer establecimiento objeto de mi atención, Santa María del Paular, cerca de Segovia, recibió las bendiciones de los responsables del periódico, satisfechos con un estilo de crítica independiente, mordaz, sensata, honrada y hasta un punto ingeniosa. En aquel hotel descubrí lo que después marcaría el tono de mis escritos. Que nada es verdad ni mentira, sino fruto de las percepciones experimentadas por el observador, como en la relación de indeterminación de Heisenberg. Escribí aquello de que «este hotel está al completo y, sin embargo, su orden arquitectónico lo hace parecer vacío».

Desde entonces, y durante las 52 semanas del año, me ocupo de la crítica de hoteles en El Viajero de EL PAÍS. El número de estas publicaciones ya supera la cifra de 1.400 hoteles en todo el mundo.

Desde 1987, semana a semana, la crítica de hoteles en EL PAÍS

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